El Puerto no solo está para irse a tomar una copa y lucir palmito

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Hacía tiempo que el movimiento de graneles del Puerto había dejado de ser noticia. Prácticamente desde que a finales de la primavera del año pasado la Conselleria de Medio Ambiente renovara la autorización para este tráfico (clave en la economía portuaria) exigiendo unas medidas adicionales para prevenir la contaminación hasta que se disponga de la terminal cerrada o semicerrada (nadie garantiza que todo se pueda hacer a cubierto). Esta semana, sin embargo, la actividad, de la que dependen -no lo olvidemos- la mitad de la facturación portuaria y miles de puestos de trabajo, ha vuelto a ser noticia y, como siempre, nada agradable.

La emisión de partículas a la atmósfera ha vuelto a superar los límites y, para colmo, como se trabaja por la noche, la humedad, el calor y, paradójicamente, el denominado «efecto habitación cerrada», según los expertos, provocó que el muelle 17 fuera el escenario de algo parecido a una «hecatombe nuclear» con nubes cuyo desagradable efecto óptico se multiplicó aumentado por los potentes focos que iluminaban la operativa. Ésta, cumpliendo la normativa, llegó a detenerse, las empresas perdieron miles de euros y los vecinos del entorno tuvieron pesadillas por la noche. Ya no llega el polvo hasta los platos de la sopa, cierto, algo se ha hecho, pero los combativos vecinos del entorno portuario, los mismos que en su día compraron sus viviendas frente a la zona industrial creyéndose a aquellos que les engañaron convenciéndoles de que la zona se convertiría en el Puerto Banús alicantino, siguen de los nervios y están en todo su derecho de velar por su salud.

Se ha recordado en decenas de ocasiones que la culpa de que el Puerto haya acabado metido en la ciudad no hay que atribuírsela directamente al propio Puerto, ni a sus gestores, que en definitiva son economistas, ingenieros, exportadores e importadores. Y, por supuesto, también en alguna ocasión políticos de carné, que lo mismo podían ser nombrados para dirigir unos muelles que la sanidad porque por algo su profesión es la de cargo público. Para todos el Puerto no es sino una empresa relacionada con el mar y a la que hay que sacar beneficios.

No en vano, dos mil trabajos directos dependen de lo que se mueve verja adentro desde los accesos de Óscar Esplá, la autovía o la Zona Volvo. Cierto, no hay que echar todas las culpas, o sí, sobre unos gestores que durante años también han vivido de espaldas a la ciudad en cuanto a la aplicación con rigor de la normativa ambiental en vigor se refiere. No vamos a llegar a decir aquello de que como el Puerto es mío y es autónomo hago lo que me da la gana. No, por supuesto que no, pero sí es cierto que hasta hace unos tres años casi todo lo que pasaba en el Puerto gozaba de una impunidad más que denunciable. Ahora mismo, y pese a que se siguen produciendo episodios puntuales de vulneración de los límites de emisión de partículas, los rectores del Puerto se lo piensan más, quizá por aquello de que el Consell y los tribunales llegaron hace dos años a la misma conclusión: la salud de las personas es lo primero, vamos que importa más que el cemento.

Pero aún así, en el Puerto se sigue pensando solo en el Puerto y en el Ayuntamiento parece que solo miran hacia la dársena cuando de tomarse una copa se trata, cuando hay que montarse en un barquito para ver los fuegos del Cocó o lucir palmito en la salida de la Vuelta al Mundo a Vela.

En el resto de los casos la opacidad es casi absoluta con el silencio cómplice, la mayoría del las veces, de los políticos que se sientan en el consejo, entre ellos, este mandado que se agota, dos alcaldes, Gabriel Echávarri y Luis Barcala. En estos últimos tres años Echávarri y Barcala, pero antes por la sala pasaron los Ángel Luna, Díaz Alperi o Sonia Castedo. Todo sigue igual.

Casi un año después de que se despejara la construcción de una terminal cerrada para los graneles y se anunciara para, pásmense, finales de 2020, no ha habido ni el más mínimo movimiento, ni presentación, por ejemplo, de los futuros gestores. Pero no sólo eso. Hace ya casi cuatro meses que en el consejo de administración se abrió el proceso para permitir la instalación de una macroplanta para el movimiento de carburante «low cost», y tras las mil alegaciones presentadas ante el Puerto tampoco se ha movido, ni se moverá, un papel por aquello de que las elecciones están ya a la vuelta de la esquina, y por aquello de que ese marrón que se lo coma otro.

Nada se sabe del enganche con el Corredor Mediterráneo (en Alicante no tenemos, desgraciadamente, la Ford) y, encima, ahora que se cambia el Plan Especial para dar vidilla comercial y náutica al entorno de la estación de autobuses –esa que iba a ser provisional-, a nadie se le ha ocurrido incorporar el veto al movimiento de combustible a 800 metros del casco urbano, tal como se firmó en 1995.

El Puerto es clave para la ciudad, pero, a la ciudad, bueno a los munícipes que la gestionan, parece importarles un pimiento lo que allí suceda visto lo visto en las actitudes de los dos alcaldes que ha tenido Alicante en la presente legislatura. Dos alcaldes, el mismo compromiso. Cero.

Y mientras, el Puerto, envuelto en una continua contradicción, sigue mostrando las cifras más pobres de la red de los puertos españoles. Un año sí y otro también. Llevamos ya casi 40 años desde de que València arrebató el control de los contenedores que se mueven por el Mediterráneo antes de partir hacia Asia. Pasan sin que ni el Ayuntamiento ni la Generalitat apuesten en serio por definir qué rumbo debe tomar.

El Distrito Digital. Perfecto en la Zona Volvo pero hablamos de un pequeño complemento, un adorno, una coartada para mostrar lo modernos que somos pero poco mas. Lo triste es que la sensación que dan nuestro padres de la patria es la de una continua deriva a merced de las olas. Palacio de Congresos, Escuela Náutica, Panoramis, conciertos, puerto pesquero con restaurantes marineros, acuario, terminal base de cruceros, funicular para conectarlo con el Castillo de Santa Bárbara… humo. Al final, cemento, clíncker y caliza. ¿No hay más? o ¿no sabemos hacer más?

Casi 50 años después de que los muelles perdieran la carrera de los contenedores, que se concentraron en el Puerto de València, Alicante sigue incapaz de definir su rol como una urbe turística pegada a los muelles.

La nueva alerta por la emisión de partículas tóxicas por el movimiento de graneles a 800 metros del casco urbano de Alicante, que incluso ha obligado a parar la operativa durante dos días, contrasta con la lentitud con la que se tramita la terminal cerrada y el ocultismo con el que se lleva la resolución de las alegaciones al proyecto para que el Puerto vuelva a almacenar combustible. Al fondo, un problema que nadie ha sabido ni querido solucionar en los últimos 50 años. ¿Qué puerto quiere la ciudad de Alicante? Lo que está claro es que todos los problemas derivados con el descenso de la calidad del aire en Alicante se vinculan con la actividad portuaria, pegada a varios barrios de la ciudad y donde también hay un intenso tráfico rodado.

Y la guinda. Reunión del consejo de administración del Puerto el pasado jueves. Sentados, el presidente, Juan Antonio Gisbert; y el alcalde de Alicante, Luis Barcala. Distintos colores políticos, pero un mismo objetivo. Que el proyecto de los macrodepósitos no nos enturbie más la campaña electoral que está ya a la vuelta de la esquina. Silencio cómplice y, triste, oficial. El plazo para presentar las alegaciones se prorroga a julio. Un plazo que, ahora, se ha descubierto que existe pues en su día, cuando estalló el escándalo, la Autoridad Portuaria aseguró que no había plazos. Qué recorrido más corto tiene la mentira.

Fuente: Informacion.

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